En el corazón de Barcelona, en la confluencia de carrer Bolívar, Ballester y l’avinguda de Vallcarca, se alzaba durante casi un siglo La Casita Blanca, un lugar que se convirtió en icono de la vida nocturna y secreta barcelonesa. Más que un edificio, fue un mito urbano, un refugio discreto para historias de amor furtivas, encuentros clandestinos y confidencias al filo de la moralidad pública.

Un origen curioso (1912)
La historia de La Casita Blanca comienza en 1912, cuando la familia Sendra adquirió una antigua marisquería en la avenida. En sus primeros años, la planta baja siguió siendo un restaurante, pero los pisos superiores comenzaron a alquilarse como habitaciones por horas, dando paso al concepto que se convertiría en su razón de ser: un meublé. El nombre, según varias crónicas, proviene de las sábanas blancas tendidas en la azotea, siempre a la vista bajo el sol de la ciudad, que le otorgaron carácter y una identidad propia.
¿Qué era un meublé?
El término francés meublé designa literalmente “amueblado”, pero en España —y especialmente en Cataluña— se usó para referirse a establecimientos donde se alquilaban habitaciones por horas con total discreción. Nacieron, en parte, como respuesta a la prohibición de burdeles en 1956, que desplazó el comercio sexual hacia estos espacios más discretos y “respetables”, aunque igualmente polémicos.
La Casita Blanca no era simplemente un lugar de paso: su reputación se construyó sobre la discreción, limpieza y anonimato. Los viajeros, amantes y parejas sin vivienda propia podían acceder a sus habitaciones sin preguntas ni miradas indiscretas, cuidando siempre la privacidad como principal valor.
Siglo de historias y sombras
Durante décadas, La Casita Blanca se mantuvo en funcionamiento 24 horas al día, 365 días al año. Fue testigo silencioso de miles de encuentros, secretos y confidencias que nunca salieron de sus paredes. Su fama trascendió lo local y fue mencionada en medios, literatura y música: Joan Manuel Serrat llegó a dedicarle una canción, y cineastas como Carles Balagué o Sílvia Munt la utilizaron como escenario o inspiración para explorar episodios poco conocidos de la historia barcelonesa, especialmente en torno a la Guerra Civil y la posguerra.
Más allá del amor y la pasión, La Casita Blanca también fue un reflejo de la sociedad secreta de la ciudad: lugar de pasos prohibidos, de rumores de la burguesía y de encuentros que desafiaban las normas sociales de cada época. En el meublé coincidieron personajes de todo tipo —desde figuras políticas hasta artistas y visitantes—, todos buscando lo mismo: un momento de privacidad en medio del bullicio urbano.
Conflictos y polémicas
La relación entre La Casita Blanca y las autoridades no siempre fue fácil. En varias ocasiones, su actividad fue motivo de controversia. Entre 1970 y 1977 estuvo incluso clausurado por un juez que consideró que en su interior se ejercía prostitución, algo que entonces estaba bajo estricta regulación. A pesar de esto, volvió a abrir y siguió siendo un lugar de referencia en la Barcelona nocturna.
Fin de una era: demolición y legado
Con el paso del tiempo, la presión urbanística y los proyectos de remodelación de la ciudad acabaron por condenar al edificio. En 2011, el Ayuntamiento de Barcelona expropió la finca por más de 7 millones de euros como parte de un plan de reforma urbana —incluido en la transformación de la avenida Vallcarca en un corredor verde— y La Casita Blanca fue derribada definitivamente.
Tras su demolición quedó solo un solar, y aunque las máquinas borraron sus muros, la memoria popular mantiene viva la leyenda. La narrativa del lugar se ha convertido en materia de anécdotas, relatos y recuerdos personales: desde quienes visitaron sus habitaciones hasta los que escucharon historias cautelosas de amigos y familiares.
En ciertos debates sobre el urbanismo de Barcelona —especialmente en el distrito de Gràcia— La Casita Blanca aparece como símbolo de una ciudad que cambia, borra y transforma espacios que alguna vez estuvieron llenos de vida, secretos y significado para sus habitantes.
Memoria e impacto cultural
Aunque ya no exista físicamente, La Casita Blanca sigue viva en la cultura popular. Ha inspirado películas, canciones y artículos periodísticos, y forma parte de la narrativa urbana de Barcelona como un espacio que encarnó la idea de lo oculto, lo prohibido y lo íntimo. Su historia también ofrece una ventana a la evolución social de la ciudad: desde los años de la República y la posguerra, pasando por los años de censura y moral estricta, hasta llegar al Barcelona contemporáneo, más abierto pero también más sensible a la transformación del espacio urbano.
La Casita Blanca fue mucho más que un edificio; fue una leyenda urbana, un símbolo de libertades privadas en medio de convenciones públicas, y un capítulo fascinante en la historia de una ciudad compleja y cambiante. Su memoria, como la de tantos lugares que desaparecen, sigue latiendo en los recuerdos de Barcelona.